envidia

Antropología de la envidia

Publicado por adn Cultura | lanacion.com

Si hay una emoción que atraviesa todos los tiempos y culturas, es la envidia. No en vano el proverbio enseña que “la pena compartida es la mitad de la pena”: tras convivir con los jíbaros de Ecuador y Perú, el antropólogo Rafael Karsten narró que toda vez que los miembros de esas tribus se veían obligados a atravesar el río anegado por copiosas lluvias, practicaban magia negra con el objetivo de que, una vez alcanzada la otra orilla, la lluvia continuara y otros viajeros padecieran las mismas dificultades que ellos habían padecido.

Y si pensamos en los crueles ritos de iniciación que señalaban el ingreso a la adultez en las sociedades primitivas, se lo puede interpretar como la expresión de una envidia intergeneracional hacia sus sucesores en el implacable ciclo de la vida. Entre nuestras prácticas socialmente aceptadas, la costumbre en las despedidas de solteros de arrojar a una fuente callejera o de enharinar y amordazar en el baúl de un auto a los contrayentes, aunque disfrazada de humorada inocente, puede ser una expresión de envidia.

No es por azar que el primero de los mandamientos violados por el hombre contra el hombre fuera el fratricidio primordial. Caín mata a Abel tanto por envidia como por celos. Víctima de la envidia de su hermano, Abel es asesinado porque su sacrificio al Señor era superior al de Caín. Pero este sacrificio era superior en el sentido de que su ofrenda satisfacía más al Señor que la de Caín, de allí también que cayera víctima de los celos fraternos. Esta conjunción pasional explica el valor intemporal de la escena del Génesis, pues en ella se expresa alegóricamente la inmemorial rivalidad entre hermanos para obtener el favor del padre, de la madre o de un tercero. También explica la íntima asociación entre la envidia y el sentimiento de hostilidad que la envidia puede provocar, pues se temen las consecuencias de la propia envidia tanto como las consecuencias de la envidia de los demás.

En Los orígenes del amor y del odio , Ian Suttie menciona ciertos pueblos primitivos, el bantú entre otros, que tomaron medidas para contrarrestar los llamados “celos de Caín”: entre los aborígenes de Australia central, narraba Suttie, con la complicidad de su primogénito, la madre devora a sus otros hijos tras darlos a luz, compartiendo su ingesta con el hermano mayor. El uso del canibalismo para atenuar los celos fraternos es sustituido en ciertas tribus aborígenes de Guatemala por un ritual igualmente sanguinario: con el fin de absorber la hostilidad que, de otro modo, podría ser dirigida por el primogénito hacia el recién nacido, suelen golpear una gallina hasta matarla.

Hasta en los monasterios, el espacio donde virtualmente se logró eliminar todo motivo de envidia mutua, la consagración a los deberes religiosos o a los progresos en la fe incentiva la rivalidad. Y en otro espacio de enclaustramiento (aunque no legitimado por la devoción voluntaria), el psicoterapeuta Victor Frankl confesó su propia envidia hacia quienes, compañeros de desdicha en un campo de concentración, podían sin embargo darse el lujo de bañarse y usar un cepillo de dientes. Pero había algo más envidiable todavía: la cantidad de golpes que recibía un prisionero dependía en gran medida del guardia que supervisaba su trabajo. En ese escenario de violencia misérrima, donde la vida se reduce a una desnudez que roza la animalidad, los menos golpeados eran los más envidiados.

© LA NACION

Esta entrada se publicó el 10 enero 2010 en 10:41 AM y se archivó dentro de Sociedad. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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