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Eres un vendido (de Mario Campos)

Blogs El Universal

“Hacemos lo que sabemos hacer”. La frase se la escuché hace algunos años a un profesor y me parece una de las descripciones más simples y útiles para explicar nuestro comportamiento. Porque hacemos las cosas según se nos enseñó, ya sea de manera formal o informal. Nos relacionamos con nuestros hijos, en buena medida, teniendo como referente la forma en que nos trataron nuestros padres. Discutimos en pareja como resultado de lo que hemos visto como modelos a lo largo de nuestra vida. Y así tomamos muchas decisiones cotidianas, sin reflexionar en las causas y en las consecuencias, simple y sencillamente porque así aprendimos que había que actuar.

Por eso no debería sorprender que en un debate – basta con ver los comentarios en muchas notas o columnas – no pase mucho tiempo antes de que surjan los insultos. “Eres un vendido”, suele ser una de las más comunes cuando el planteamiento no coincide con lo que piensa el lector. “Cuánto te pagan” o “Mercenario al servicio de…”, son otras modalidades. El elemento común como es claro, antes que debatir las ideas buscamos elementos para descalificar al interlocutor. “Panista”, por ejemplo, fue el término que usó una lectora de este blog para responder a mis textos. Supongo que lo decía como insulto aunque nunca me enteré de cuáles eran las razones por las que no estaba de acuerdo con mis comentarios.

Y remito a mis experiencias pero estoy seguro que todos podrían hacer lo mismo. Cuántas veces no los han hecho menos: “eres muy joven”, “eres pejista”, “eres un mocho” o cualquier otro término empleado con la misma intención. O pensemos incluso en cuántas veces no somos nosotros los que cometemos el mismo error. La sospecha permanente sobre las intenciones del otro o las alusiones a elementos externos al debate mismo son otras piezas que en nada contribuyen al diálogo.

Pero no se trata de señalar lo que muchos ya sabemos, que a los mexicanos nos cuesta trabajo hablar con quienes piensan diferente a nosotros, sino llamar la atención sobre las causas. Las cuales tampoco son como descubrir el agua tibia. Como decía al principio: hacemos los que sabemos hacer. ¿Cuántas veces en su formación en la primaria o secundaria tuvieron un debate organizado, en forma, moderado, con algunos de sus compañeros?, ¿en su casa qué tan frecuente es ver y hasta promover que se expongan los puntos de vista – sobre todo de los niños – y se discutan en la mesa sin que termine en pleito?

No sabemos discutir porque nadie nos lo ha enseñado. Tristemente hemos asumido que esa capacidad viene con el desarrollo natural. No es así. Intente en cualquier reunión – en un salón de clases universitario o un encuentro de amigos – que dos o mas personas que piensan distinto se pongan de acuerdo. La realidad es que unos serán incapaces de exponer de manera clara cuáles son sus razones para pensar así y otros estarán esperando a que el otro termine de hablar sin escuchar realmente, sólo aguardando su turno para hacer sus comentarios.

No hay diálogo porque en algún momento – no tengo claro cuándo ni por qué – entendimos que se discute para ganar. Y eso es una percepción terrible porque lo cierto es que entramos a una discusión sin estar dispuestos a cambiar nuestro punto de vista. Competimos sin saber realmente por qué lo hacemos. Se trata de mostrarse más listo, más astuto, más capaz que el otro.

Y las consecuencias de esta deficiencia son muy caras. Abran un periódico y noten cómo debate nuestra clase política. No hay puentes ni la búsqueda de puntos en común sino el deseo constante de poner el acento en las diferencias. Pero nosotros los ciudadanos no somos muy distintos. Nada más rastreen en twitter o en otros espacios la forma en que se ha conversado sobre los matrimonios gay, la posible reelección de alcaldes o la alineación de la selección de futbol. Les apuesto a que encontrarán más ofensas que propuestas, más prejuicios que argumentos.

Por eso tenemos que cambiar, entre otras cosas, el modelo educativo para que desde niños aprendamos a discutir. Que nos obliguen a resumir en pocos puntos nuestras ideas, que seamos capaces de ver las cosas desde la perspectiva del otro, que aprendamos a escuchar, que sepamos persuadir y que aceptemos que no está mal si cambiamos nuestro punto de vista después de escuchar otras voces.

Por fortuna hay escuelas en México que ya lo están haciendo pero son las menos. Necesitamos construir una historia diferente. Hagámoslo en todos los niveles educativos, en los medios de comunicación, en las casas, en los congresos.

En medio de tantos problemas pareciera que hablar de nuestra habilidad para hablar y escuchar es un asunto menor. No lo es, bien puede ser uno de los cambios más importantes que podemos impulsar si nos decidimos. Como siempre, la invitación es a que empecemos por nosotros mismos

… Por Mario Campos Twitter: @mariocampos

Mi comentario: Es que debatir ideas diferentes se “no aprende” desde la primaria. Mi hermano me ayudó a hacer una tarea sobre Porfirio Diaz cuando estaba yo en 3° de Primaria y básicamente fue redactar la versión de un adolescente que había leído varios libros de historia, no nada más los que le recetaron en la primaria.   Entre otras cosas, decía que Porfirio Díaz usó como lema de campaña la frase “Sufragio efectivo” y también me dijo que el dolar, en los mejores tiempos de su mandato, fué más barato que el peso. La maestra Coco (de tercero de primaria) leyó y cada vez más horrorizada, suspendió la lectura, me la regresó sin calificar y gritó “NO, ESO NO FUE ASÍ”… pero no me dijo qué parte no fue así, ni cómo había sido en verdad.

Esta entrada fue publicada el 18 diciembre 2009 a las 10:00 AM. Se guardó como Política y etiquetado como , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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