El íntimo momento



Solo con poner un pie adentro, el frío calaba hasta los huesos y la oscuridad se metía por la nariz hasta llegar al lugar más escondido del cuerpo.

A lo lejos, en la punta del grupo de visitantes, se escuchaba una voz ronca que balbuceaba los horrores de aquellas imágenes, por sí solas abominables.

La mujer que dio a luz, los niños que siguieron creciendo después del entierro; la mujer sepultada viva que, congelada en un grito, parecía embarrarse macabramente contra el cristal de la vitrina, suplicando con las manos tiesas que la saquen de ahí.

Y el hombre aquel, el que parece estar llorando, con sus manos juntas bajo el pecho, con su rostro largo que pareciera ser una sola lágrima.

Todos amarillos, engarrotados, seguramente oliendo a lo que sabe la sangre. Unos gritando eternamente, otros cubriendo púdicamente sus partes nobles. Alguno más, parecen reír cínicamente, sin importarles que todos los veamos en su forma más íntima, sin importarles que los gringos les tomen fotos conjeturando macabras razones por las que los exhibimos; sin importarles que los veamos en el único momento que debiera ser personal para todos, porque nadie debiera saber como disfrutamos, cada uno, nuestra muerte.

Alejandra S

Esta entrada se publicó el 29 julio 2007 en 2:01 AM y se archivó dentro de Taciturnos y Locos. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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