Leo Zuckermann: Juegos del Poder

Votar en contra del que podría ser un mal presidente
Un buen presidente puede terminar su mandato sin pena ni gloria. En cambio, un mal presidente puede acabar llevando al país a la bancarrota. Esta es la paradoja en un sistema presidencial como el mexicano. Y, por eso, resulta muy importante la decisión de por quién votar el próximo domingo.
Los mexicanos todavía tenemos una cultura presidencialista donde creemos que el presidente es poderosísimo; que puede hacer la diferencia en nuestras vidas. Por eso esperamos que aparezca un personaje épico que, casi por arte de magia, resuelva todos nuestros problemas.
La realidad no es así. La democratización del país ha pasado por precisamente quitarle muchos poderes al presidente, de tal suerte que éste es hoy un actor político más del sistema político. Un buen mandatario entiende esto y, por lo tanto, respeta a los otros poderes constituidos, observa las restricciones legales y económicas del país y defiende los intereses de México con el extranjero.
Al terminar la contienda electoral, con todas las exageraciones que conlleva, un buen presidente debe atemperar las expectativas de la población y las suyas propias. Debe asumir que es imposible cambiar al país radicalmente en seis años y, en cambio, promover modificaciones graduales que le permitan a México seguir progresando. Si hace esto, quizá pase a la historia sin mucha pena ni gloria: como un gobernante eficaz y nada más.
El problema es cuando el presidente pierde el piso y, efectivamente, pretende cambiar todo de la noche a la mañana. Cuando el Ejecutivo Federal asume la misma cultura presidencialista que imperó durante tantos años, donde el presidente se cree todopoderoso con el mandato de cambiar radicalmente al país. Un mandatario con el objetivo de entrar en los libros de la historia patria, llamado a hacer lo que no se ha hecho en doscientos años. ¡Cuántos presidentes no hemos visto en México que toman ese camino y terminan perjudicando al país! Porque, insisto, si bien un buen presidente puede terminar sin pena ni gloria, uno malo tiene toda la capacidad de llevar a México al despeñadero.
Por eso, quizá, la decisión del próximo domingo sea de votar por el candidato menos malo. El que tenga más posibilidades de contenerse; de asumir el papel templado de un presidente democrático en tiempos de normalidad política y económica. Tal vez el mejor sufragio sea por el personaje que sí esté dispuesto a terminar en el 2012 sin mucha pena ni gloria.
Votar por un político de esta calidad puede sonar chocante. Sin embargo, en la historia de México han funcionado mejor los presidentes considerados como oscuros y aburridos, del tipo de Ruiz Cortines o Zedillo, que aquellos coloridos que prometieron el sol, la luna y las estrellas, como Echeverría o Salinas.
Sobre este asunto, el otro día, en una conferencia me preguntaron cuándo tendría México a un presidente estadista. La pregunta me tomó por sorpresa. Para contestar, rápidamente pensé en políticos que considero que entran en esta categoría. Me vinieron a la mente Benito Juárez, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt. Todos ellos lideraron en momentos críticos a sus naciones, se levantaron con la victoria y dejaron una huella indeleble. Respondí, entonces, que ojalá no tuviéramos un presidente estadista, porque éstos surgen cuando un país enfrenta duras crisis nacionales y, con toda honestidad, yo esperaba que México no tuviera una situación de esta naturaleza. Por supuesto que me gustaría que tuviéramos más Juárez en nuestros haberes políticos, pero creo que, si el precio para tenerlos es el de guerras sangrientas o crisis políticas, sociales o económicas, bien podríamos ahorrárnoslo.
Mi respuesta, empero, me inquietó. A final de cuentas, había contestado algo que sonaba insensato y políticamente incorrecto. La respuesta fácil y “correcta” hubiera sido que México efectivamente necesitaba un político estadista tal como lo define la Real Academia Española, es decir, una “persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado”. En este sentido, el 2 de julio tendríamos que votar por el candidato más cercano a estas características.
Sin embargo, luego encontré una cita memorable del ex presidente norteamericano Harry Truman: “Un político es un hombre que entiende del gobierno; un estadista es un político que lleva muerto quince años”. Me pareció genial porque, sin duda, los verdaderos estadistas son aquellos que se forjan siendo buenos gobernantes. El término de estadista en realidad debe aplicarse a políticos veteranos que han tenido una prestigiosa carrera, que ya libraron y resolvieron muchas situaciones complejas y que, sólo entonces, resultan populares entre la población.
Tiene razón Truman: para ser estadista, primero hay que ser buen gobernante. ¿Y cómo se logra esto? De acuerdo con la magnífica obra del Palacio Comunal en Siena, pintada en 1340 por Ambrogio Lorenzetti, las virtudes del buen gobierno son Sabiduría, Justicia, Concordia, Magnanimidad y Paz Social. El próximo domingo uno podría votar en positivo buscando al candidato que tenga la mayor dosis de éstas.
Sin embargo, quizá resulte más importante para el futuro del país votar en negativo, es decir, identificando al candidato presidencial que tenga los atributos que llevan al mal gobierno según el propio Lorenzetti —Poder Omnímodo, Crueldad, Envidia, Rencor, Codicia, Vanidad y Arrogancia—, y sufragar en contra de éste otorgándole el voto al aspirante que tenga más oportunidad de ganarle. En otras palabras, tratar de bloquear la llegada del político que tenga las mayores posibilidades de convertirse en un mal presidente con toda la capacidad de arruinar al país.
En una democracia, los votos positivos y negativos tienen el mismo peso y, para una sociedad preocupada por su destino, son igual de legítimos
Esta entrada se publicó el 28 junio 2006 en 6:25 AM y se archivó dentro de Política. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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